¿Es posible un cambio?

José Eduardo Abadi | 18 de Marzo de 2013 Quiero hacer unas reflexiones en torno al concepto de cambio y a esa acción humana que lo hace posible que es cambiar. Alude ante todo a la posibilidad de un sujeto de pensarse de un modo dinámico a sí mismo, de descubrir nuevos criterios, resignificarse, adaptarse a nuevos entornos y entonces poder enfrentar los conflictos internos y externos con nuevas herramientas.

Una de las causas que lleva con mucha frecuencia a respuestas inadecuadas es aquella que consiste en la utilización de recursos antiguos o ya superados para resolver encrucijadas presentes. Eso habla de rigidez y de una serie de invariables que impiden nuevas alternativas. El cambio es una de las motivaciones centrales con las que una persona consulta a un psicoterapeuta. Aspira a modificar conductas repetidas, que lo hacen sufrir, que ignora su causa y las siente incoherentes con su persona. Esta es de algún modo la definición de síntoma neurótico que en otras palabras se refiere a esa pregunta que en la medida que no pueda ser significada provoca sufrimiento. El replanteo y superación del malestar neurótico, aquel que hemos mencionado en el párrafo anterior, exige conciencia de enfermedad (es aquel que lo padece el que enuncia el síntoma), voluntad para poner en marcha el esfuerzo reparatorio, que como sabemos es un proceso, donde se dan de un modo conjunto el coraje, la audacia prudente (aunque parezca una contradicción) y la inteligencia. El cambio testimonia nuestra flexibilidad frente a la rigidez estereotipada que atrapa y permeabiliza para incorporar nueva información y procesarla de un modo transformador. Es una forma de expresar la libertad que implica salir de la inercia para poner en marcha una dinámica inaugural y enriquecedora. Pero eso está ligado a nuevos lenguajes y alternativas que desmantelan antiguos falsos enlaces. Rompe con homogeneidades anestesiantes para introducir lo nuevo y distinto. Sorprende y a veces asusta. Soportar ese torbellino inicial no confundiéndolo con algo patológico nos brinda la llave para crear y descubrir. Cuantas veces hemos escuchado la expresión miedo al cambio. Por eso es útil un vínculo que en un campo empático nos ayude a combatir nuestras propias resistencias (¡Oh paradoja!) a estar mejor. El entorno adecuado donde desarrollar esta labor debe brindarnos confianza, por eso debe prevalecer la norma, el registro del otro (interés y amor por la vida), la solidaridad bien entendida y la educación. Jerarquizar el derecho al placer y entrenar el cuidado integral de uno mismo es lo que lleva a desprenderse de dependencias encerrantes. Aquellas que aletargan e infantilizan. Es importante un trabajo de autocrítica claramente diferenciable de aquel mecanismo tan conocido en nuestra sociedad que es el autocastigo o el autoflagelamiento. La primera es una ventana a la esperanza mientras la segunda una versión de maltrato. Debe prevalecer aquello que contribuya a la construcción de lo que podríamos llamar la sociedad de la ternura que disuelve los falsos temores y la agresión destructiva. El cambio sano articula el entusiasmo con la razón para convertir el vivir en una aventura interesante (nota publicada en Revista Mía)